sábado, 4 de abril de 2015

María Rosa Fuentes - "Pinturas"

La pintura es un lenguaje visual, por lo tanto es un lenguaje autónomo con sus propios códigos que resiste la traducción al lenguaje que usamos diariamente: el lenguaje verbal.
La intención de interpretar por medio de palabras a una imagen es siempre un acto de insensatez. 
Una imagen, ya sea una pintura, un dibujo, una fotografía, un grabado, etc. no es un electrodoméstico que debe ser acompañado de un manual que explique su correcto uso, y no lo es porque la pintura no tiene un uso y menos aún correcto. La pintura es algo absolutamente inútil, pero afortunadamente los personas aún necesitamos de cosas inútiles para hacer más plena nuestra existencia.
Todo texto que intente justificar una imagen por medio de palabras, siempre me ha parecido inútil, aburrido y pretencioso. Pero aquí estoy escribiendo, soy cómplice de mi propia denuncia. Intentaré no ser aburrido ni pretencioso, aunque sé que no podré escapar de la inutilidad.
La obra de María Rosa Fuentes se inscribe dentro de lo antes enunciado , élla tiene plena conciencia de la autonomía del lenguaje visual. El pasaje por el taller del Maestro Guillermo Fernández, debió haber sido una confirmación, una revelación de algo intuido pero no sistematizado a nivel racional, y en él obtuvo las herramientas o tal vez mejor dicho, las claves de que toda imágen (dicho groseramente) es un ordenamiento de formas y colores sobre una superficie.
Pero hay una particularidad en la obra de María Rosa que me parece especialmente resaltable, en sus pinturas no se rastrean los métodos compositivos, sino que éstos son trascendidos por la acción de una pintura profundamente visceral e intuitiva.
María Rosa Fuentes ha logrado algo que sin dudas haría feliz a su querido Maestro, ha encontrado un extraño justo medio entre la razón y la emoción.
Sus trabajos siempre comienzan por una elaborada composición que luego es en cierta forma desbaratada por el acto de pintar, sin embargo el esqueleto de la obra está presente y el resultado final (a pesar de la vehemencia con la que pinta) es sólido visualmente, pero como un buen mago nos oculta el truco.
Si nos atuviéramos a lo antes dicho podríamos concluir que María Rosa Fuentes es una pintora correcta, su composición es sólida, su materia densa y generosa y su color siempre esplendoroso, pero hay algo más y es ahí en donde nos adentramos en lo inexplicable, sus formas y colores están habitados, tienen alma y esto la salva de caer en un mero esteticismo.
Ahora bien ¿qué es lo que nos dice María Rosa si sus formas y colores están habitados? Pués no lo sé y tal vez ella tampoco tenga una respuesta a esta pregunta.
Como dije antes su forma de pintar es de una inusitada vehemencia. Utiliza pinceles, espátulas, el mango de los pinceles, cualquier elemento que pueda dejar alguna huella y hasta sus propia manos, el resultado final es una lucha feroz en la cual a veces ella termina más pintada que el propio cuadro.
Si algo podemos pedirle, o mejor dicho exigirle a un artista es sinceridad, en este sentido encontraremos en la obra de María Rosa Fuentes la más absoluta sinceridad y desnuda naturalidad, no hay estrategias en su trabajo, no apela a ningún efecto sentimental ni narrativo, su pintura es emoción pura.
Concluyendo, sugiero al espectador que desee comprender esta obra que le dispense unos minutos, tan sólo unos minutos de contemplación y algo llegará, como siempre imposible de traducir en palabras, que como después de la lectura de un buen libro nos hará mejores personas, luego podrán volver al mundo real lleno de manuales y objetos utilitarios en los cuales desperdiciamos nuestra existencia.

Álvaro Amengual